
Cualquiera que haya viajado, vivido o enviado a sus hijos fuera de España aprecia lo que vale nuestra Sanidad. En realidad, ninguno de esos supuestos es necesario. Basta con vivir aquí y tener un poco de discernimiento para sentirse orgulloso de lo que hemos construido entre todos. Un sistema sanitario en el que lo que habitualmente se llama “sanidad pública” constituye sin duda un pilar esencial, absolutamente básico para que la atención asistencial sea un derecho universal de todos y cada uno de los españoles. Sin embargo, los servicios sanitarios prestados directamente por las administraciones del Estado no soportan todo el peso de ese servicio público. Es más, el edificio de la sanidad española ya hace tiempo que se habría derrumbado sin la aportación del sector privado. Porque muchas familias españolas tienen seguros sanitarios con los que atienden una buena parte de sus contingencias de salud, es posible que el servicio público sanitario siga funcionando.
En realidad, la sanidad española es un magnífico ejemplo de eso a lo que habitualmente se le llama colaboración público-privada. Y, que en sanidad, como en educación, tiene un ejemplo acabado en la concertación de servicios. Llamamos sanidad pública habitualmente a la que se presta desde centros de titularidad pública pero con más lógica deberíamos extender esa denominación a todos los servicios que son públicos, con independencia de que los centros que los presten sean públicos o privados. Me consta por ejemplo que, en muchos países del Norte de Europa, se le llama educación pública a la educación que es gratuita para las familias. Y punto pelota. Qué más da quién la presta.
El caso de Muface (y en general el de todas las mutualidades de funcionarios) era una esplendorosa muestra de colaboración público-privada, que evidenciaba además hasta qué punto la escisión y el conflicto entre lo público y lo privado es algo que sucede solo en las mentes de algunos políticos muy extremistas de la izquierda. A muchos de ellos se les ha leído estos días criticar la “contradicción” de que los empleados públicos sean atendidos por la sanidad privada. Pero esa supuesta incoherencia no es real, solo se lo parece a ellos y a su visión patológica y frentista de lo público y lo privado. Donde ellos ven conflicto, la mayoría de la sociedad española, incluida la función pública, sólo ve conciliación y colaboración.
El milagro de la sanidad española en realidad no es ningún milagro. Es el fruto de un consenso común sobre la prioridad de la salud, que había sido ajeno a la politización y a la demagogia partidista. En realidad, para contradicción, la de esos mismos dirigentes y líderes de opinión que habitualmente se envuelven en la bandera de la función pública y a los que en estos días los hemos visto arremeter con furia contra “los privilegios de los funcionarios asegurados por Muface”. A ver si se aclaran: ¿están con o contra los funcionarios? En realidad es una pregunta retórica. La respuesta es evidente: están solo con los suyos.
En algún análisis he leído que la infrafinanciación de las mutualidades se relaciona tanto con el envejecimiento de la población de los funcionarios asegurados, que se mantienen fieles a sus seguros (por la muy comprensible razón de que han recibido un buen servicio hasta ahora), como con la elección de los jóvenes funcionarios, que están eligiendo mayoritariamente ser atendidos en la sanidad pública. A nadie puede extrañarle que esto último suceda, pues la izquierda española hace años que viene virando hacia una posición extremista, contraria a la colaboración público-privada, que crea inseguridad sobre la continuidad de estos servicios, y que, al infra-financiarlos, hace además todo lo posible por deteriorarlos.
A pesar de ello, la mayoría de los funcionarios, el 70%, que se dice pronto, siguen apostando por las mutualidades. La solución que ofrece el Gobierno es dejarlos tirados. ¿Y en el fondo saben por qué? Porque en Sumar y en cada vez más amplios sectores del PSOE hay un odio ancestral a todo aquel que no se deja contaminar por el sectarismo. ¿Funcionarios que prefieren la sanidad privada? ¿Cómo es posible eso? ¡Alta traición! En el fondo, todo se resume a eso. Si eres funcionario, tienes que votar a la izquierda y odiar al sector privado. Y si no, mejor que no seas funcionario, porque eres un traidor. La izquierda los quiere obedientes y en su bando. Porque de eso se trata: de dividir y crear murallas entre lo público y lo privado, no de acercar y buscar sinergias.
Lo de Muface no es sino un caso más de sectarismo político, aplicado a lo que siempre ha sido el orgullo de los españoles: nuestra sanidad. Otro consenso más de la Transición que esta izquierda radicalizada se está empeñando en romper y que sin duda va a hacer estallar más las costuras de una sanidad pública cada vez más desbordada. Pagaremos muy cara la irresponsabilidad y la dejación de este Gobierno con las mutualidades de funcionarios, que saturará aún más la llamada “sanidad pública”, agravando los problemas que ya afrontan las autonomías para acortar las listas de espera y descongestionar la atención primaria. Con esta crisis, no van a salir perdiendo los seguros privados, no van a salir perdiendo los funcionarios supuestamente privilegiados. Vamos a salir perdiendo todos. Otro favor que le debemos agradecer a la cortesía sectaria de este Gobierno.